
El padre de Dánae, Acrisio, decepcionado por carecer de herederos varones, consultó un oráculo para saber si esto cambiaría. El dios le contestó que de su hija había de nacer un hijo que lo mataría. Para evitar que se cumpliera la profecía Acrisio construyó una cámara subterránea de bronce o bien la obligó a permanecer en una prisión entre muros de piedra. La desdichada Dánae, recluida en su broncínea torre de puertas de roble era custodiada día y noche por siniestros perros guardianes, siempre en vela, que evitaban todo tipo de intrusos. Pero nada pudo detener a Zeus, que se había encaprichado de Dánae: transformado en lluvia de oro se unió a ella, cayendo hasta el seno de Dánae a través del techo, y de este modo la dejó embarazada. Fama es que de esta peculiar unión nació Perseo.